Anotaciones de viaje

El día anterior a la partida:
Para nosotros, argentinos, la cuna de occidente queda hacia el oriente (y hacia el norte). Buscar el origen requiere de un movimiento inverso a aquel que para Hegel caracteriza al Espíritu que se desplaza desde oriente hacia occidente. Pero Hegel es un alemán y, en verdad, los alemanes se inventaron un origen en la Antigua Grecia, mientras que nosotros no terminamos de darnos una identidad ni de decidir sobre nuestro origen: ni Grecia ni Roma, pero tampoco España o Amerindia. En Los pasos perdidos, Carpentier se embarca en una aventura de regreso a los orígenes americanos. Si se tiene en cuenta que el autor es un blanco nacido en Suiza (y muerto en Francia), hijo de un arquitecto francés trasladado a Cuba, se evidencia que también en él el origen es inventado. El origen es una creación mítica o literaria. Tal vez haya que recordar aquí que los mismos griegos se inventaron un origen de esta manera a través de la obra de Homero, de Hesíodo y de los poetas trágicos.

¿Podré esperar de este viaje a Roma y a Atenas una experiencia de retorno al origen? Me parece que no. De los antiguos orígenes solo quedan ruinas, piedras muertas. En sus Lecciones sobre filosofía de la historia universal, Hegel comenta:

“El aspecto negativo de este pensamiento de la variación provoca nuestro pesar. Lo que nos oprime es que la más rica figura, la vida más bella encuentra su ocaso en la historia. En la historia caminamos entre las ruinas de lo egregio. La historia nos arranca a lo más noble y más hermoso, por que nos interesamos. Las pasiones lo han hecho sucumbir. Es perecedero. Todo parece pasar y nada permanecer. Todo viajero ha sentido esta melancolía. ¿Quién habrá estado entre las ruinas de Cartago, Palmira, Persépolis o Roma, sin entregarse a consideraciones sobre la caducidad de los imperios y de los hombres, al duelo por una vida pasada, fuerte y rica? Es un duelo que no deplora pérdidas personales y la caducidad de los propios fines, como sucede junto al sepulcro de las personas queridas, sino un duelo desinteresado, por la desaparición de vidas humanas, brillantes y cultas”.

Y, por otro lado, monumentos que se han tornado en objeto del turismo. Este término deriva del inglés tourism, que a su vez deriva del francés tour, que significa ‘gira’, ‘vuelta’. Cuando uno se va de gira, retorna al punto de partida. Éste es el significado que tiene el término latino tornus, que significa ‘vuelta’ o ‘movimiento’.

5 de agosto de 2014

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¿Vos creés que el Partenón se ve así en la realidad? ¿O será éste el real?

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 Bitácora de la dervia

7 de agosto 11,18 horas en Argentina, 16,18 horas en Roma. Estamos sobrevolando el Mediterráneo, vaya uno a saber sobre qué huso horario. Estamos estrictamente en el “entre” deleuziano, pero no es un “entre” espacial sino temporal, o tal vez espacio-temporal. Incluso la desconexión a Internet o de los teléfonos hace más evidente el estar en una zona “entre”. Anoche, después de alcanzar “la altura de crucero” los ayudantes a bordo pidieron que cerrásemos las ventanillas (“para que la luz del amanecer no interfiera el descanso de los pasajeros”) desconectándonos también del mundo exterior. La mayor parte del tiempo ni siquiera se percibe el movimiento del avión. Solo se oye el monótono ruido de las turbinas que, fuera de contexto, podría atribuirse a un equipo de aire acondicionado. Pareciera que todo volverá a la normalidad cuando podamos ajustar los relojes de manera que coincidan con los relojes de los demás. Pero lo cierto es que estamos en una zona borrosa, en tránsito. Hace siglos, cuando estos viajes se hicieron por primera vez, el tránsito era mucho más largo. Los viajes de Colón y de los que le siguieron duraron meses y solo unieron España (al occidente de Europa) con las islas caribeñas al oeste de América (y en el hemisferio norte). Ahora estamos uniendo Buenos Aires y Roma en 13 horas. ¿Qué habrán sentido, imaginado o pensado los navegantes españoles y portugueses en aquellos “entre” cuya certeza de la otra orilla no era tan segura como aparentemente es la nuestra. Creo que las bitácoras de Colón fueron publicadas… ¿qué pasaría por la conciencia de los demás? Y también ¿qué pasaría por lo inconciente, por sus anhelos, pasiones, deseos? Se supone que solo hay que ajustar los relojes y que no pasa nada. Sin embargo, cuando ajuste el reloj habré perdido cinco horas. Cuando llegue a Roma en mi reloj serán las 12 horas, pero tendré que ajustarlo a las 17 horas. ¿Qué pasa con las cinco horas “entre” 12 y 17?

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La Roma clásica quedó sepultada bajo dieciséis siglos de cristianismo. Hay una iglesia en Roma con el significativo nombre de María sobre Minerva. Ése ha sido el destino común de los dioses antiguos. Su lugar fue ocupado por los dioses cristianos. Sus templos fueron “convertidos”, resignificados. Bajo hic signo. También en México es sorprendente la sobreposición y resignificación, pero la cultura americana mantiene cierta vitalidad mientras que la romana ha expirado. Por otro lado son dieciséis siglos en Roma y solo cinco en América. Por otro lado, en Roma el poder hegemónico era el imperial y el cristianismo fue derrotandolo sin que haya habido una conquista militar. Por el contrario, Roma siempre mantuvo su poder político militar contra los cristianos y no fue derrotada sino por los bárbaros. Por su parte, el cristianismo hizo el mismo trabajo de infiltración, conversión y desmoronamiento del poder de los bárbaros que dominaron Roma. En América, en cambio, el poder político militar y la “evangelización” marcharon juntos. En la zona de los foros, donde ha habido un templo pagano, hay ahora una iglesia (o varias) cristianas. Es sorprendente el templo de Antonino y Fausta, del que solo quedan las columnas del frente, unidas al edificio acoplado de una iglesia.

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Me resultó sorprendente lo poco que se ha reconstruido de la Roma clásica. Quedan a la vista solo escombros desenterrados. Algunas columnas remendadas. Es difícil imaginar el escenario de la Roma clásica en su esplendor. Hay poca estatutaria. Las vestales están (menos una) todas decapitadas. Solo se encuentra una estatua de Augusto y otra de Nerva. Dónde fue a parar toda la rica producción de estatuas de los romanos. Tal vez el arte romano haya estado siempre demasiado vinculado al poder del “Estado”. La derrota de Roma ha aparejado la necesidad de borrar sus signos.

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El monumento de Vittorio Emanuel. ¡Qué manía la de querer perpetuarse en los mármoles y en los monumentos!

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En la iglesia de María del Popolo se conservan dos pinturas de Caravaggio del año 1601. Una representa la Conversión de San Pablo y la otra la Crucifixión de San Pedro. Están en una capilla lateral, un poco escondidas (casi no las encontramos, aunque sabíamos que estaban en esa iglesia). Ni siquiera están en la pared del frente de la capilla, sino en las laterales. Mal iluminadas, por supuesto (se puede poner una moneda para que se ilumine un poco más durante unos instantes). De todos modos hay que moverse de un lado al otro de la nave de la capilla para poder ver ambos cuadros, porque al enfrentar uno se da la espalda al otro. La temática de los cuadros parece que fue encargada para reforzar la idea de los fundadores de la Iglesia (Pedro y Pablo) y su sede en Roma. Sin embargo, parece que el pintor hizo una primera prueba con los dos cuadros que fue rechazada por ser demasiado provocativa. Las que quedaron son la segunda versión.

 

Es muy curiosa la situación en las iglesias católicas que han devenido centros de atracción turística. Por un lado, quieren mantener la condición de lugares sagrados, lo cual implica el respeto, la vestimenta adecuada, el silencio propio de un clima de oración. Pero todo esto crea una situación muy contradictoria.  Los altavoces piden silencio en todos los idiomas europeos, con lo cual incurren en una contradicción preformativa, porque se la pasan hablando y haciendo ruido. Por otro lado, advierten que no es un museo o una galería de arte y que no se cobra entrada, pero a continuación se sugiere una colaboración para mantener el lugar. No pueden evitar que los turistas tomen fotografías y que posen delante de los altares y frente a las obras de arte. Dichas fotografías expresan además un subjetivismo extremo. Su mensaje es “yo estuve aquí, en este lugar importante”. El lugar queda como un fondo para la figura del yo que centraliza todos los significados.

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10 de agosto

Florencia es muy diferente de la capital. Es una ciudad que todavía guarda rasgos de aldea con tonalidades provincianas. Ya no hay ningún vestigio de la época clásica. Todo remite al esplendor de la “ciudad –Estado” hacia el final del medioevo. Florencia es el símbolo del Renacimiento: el surgimiento de un nuevo señorío urbano, ligado al comercio fluvial y marítimo. Esta ciudad tuvo la suerte de que las familias poderosas combinasen su pasión por la política con la pasión por el arte, promoviendo la actividad de artesanos, artistas, poetas, ingenios (no todavía ingenieros), pintores y escultores que efectuaron el tránsito desde el artesanado gremial hacia el artista genial (aunque la figura del genio es una caracterización retrospectiva del romanticismo del siglo XIX). También en Florencia se ve la manía de los poderosos por perpetuarse en los monumentos y también en este caso se da un tránsito desde los arcos del triunfo o los foros imperiales que perpetúan la figura del emperador (divino Caesar) por sobre todo lo demás hacia los panteones familiares. En las iglesias florentinas hay capillas con el nombre de las familias y es muy fuerte la presencia de numerosas tumbas y panteones de singularidades excepcionales. La más significativa es la iglesia de la Santa Croce donde yacen los restos de Maquiavelo, Miguel Ángel, Galileo y Dante, entre otros. Singularidades que no han dejado de transitar por una zona muy fronteriza entre el paganismo, la herejía y la subversión.

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La catedral de Florencia (el Duomo) es una obra única. Las cúpulas de estas iglesias son la expresión de la singularidad de la ciudad. En el interior, los frescos ponen en contacto, según un orden ascendente y descendente (como diría Marechal), el cielo con la tierra y la tierra con el cielo. Tal es la singularidad de la época: atar el cielo a la tierra, superar la trascendencia. En el exterior, los tejados rojos abovedados permiten reconocer el sello de la ciudad cuando se la mira desde un lugar elevado. Fue un acierto subir hasta la Piazza Michelangelo desde donde se puede ver toda la ciudad con su río y sus puentes, sus cúpulas y sus colores ocres, amarillos terrosos y sepias (¡tan diferentes de los colores de Bahía de San Salvador!).

florencia

Como en Roma, los lugares culturales son invadidos por miles de turistas de todo el mundo (no tan solo de los países europeos, sino de Asia, África y América) cuyas lenguas y acentos resultan indiscernibles. En Florencia, la proporción de jóvenes parece mayor. Hay muchos músicos en las calles interpretando obras clásicas y modernas. También hay una mayoría de jóvenes en los negocios, en la recepción de los hoteles y en los puestos del mercado. Los productos regionales, sobre todo el cuero, son característicos de Florencia, a diferencia de Roma donde hay ofertas de todos lados. No obstante, los vendedores parecen conocer todas las lenguas y parecen reconocer la procedencia de sus virtuales compradores con solo verlos.

 

En el Palazzo Vechio proyectaban un video con películas en las que hay imágenes de Florencia. Una de ellas es Un cuarto con vista, que tendría que volver a ver para reconocer algún lugar.

 

11 de agosto. Un viaje a Venecia.

Venecia no es la ciudad de los mercaderes como lo era todavía para Shakespeare. En esa época ocupaba un lugar privilegiado en la Europa del renacimiento, porque se encuentra en la intersección de ríos y el mar, en el centro del Mediterráneo. Hoy parece más una ciudad dedicada al turismo. Hay miles de personas caminando por las calles, haciendo colas en las iglesias y en los museos. Al igual que Florencia, en Venecia se recibe turismo de todo el mundo, pero a diferencia de ella no parece ofrecer una producción propia (dejando de lado los cristales de Murano).

Lo que más me impresionó de la ciudad son sus canales y sus calles de río. He visto calles de pavimento, empedradas, de tierra, incluso de arena, pero nunca había visto calles de agua.

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En Roma nos alojamos en un hotel cerca de la estación de trenes Termini (una dos cuadras) llamado Piram, con un muy buen desayuno (menos el pan). El hotel tenía pileta y sauna con masajes (que no utilizamos) aunque sí el bar de la terraza donde servían un buen Bellini. En Florencia, el hotel Atlantic Palace estaba más cerca aún de la terminal de trenes y a media cuadra del mercado central que ofrece dos buenos servicios: en el mercado se puede comer hasta las 12 de la noche y hay días con música en vivo; alrededor del mercado hay infinidad de puestos de venta de artículos de cuero a precios accesibles. La mayor parte de los quioscos parecen estar atendidos por “turcos”, de lo cual se infiere necesariamente, que hay que regatear siempre. El desayuno era menos variado que el romano, pero tenía mejor pan y factura. Las conserjerías de los hoteles fueron extremadamente serviciales y amables. En la mayor parte de los lugares (incluso los vendedores árabes) balbuceaban en castellano, de modo que no hubo dificultades con la comunicación. Cuando solo hablaban italiano, en general hubo malos entendidos.
Tanto el tren que tomamos desde Roma hasta Florencia como el de Florencia a Venecia funcionaron perfectamente y en horario. Los trenes rápidos andan a 240 km/h y los boletos por Internet como los que compramos en la estación no tuvieron problema alguno ni demora. Lo que sí tuvo una demora excesiva fue la espera para despachar el equipaje en EasyJet (más de una hora y media). El peso de las valijas estaba en lo permitido a pesar de las compras en el mercado.

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La primera imagen de Atenas no coincidió en absoluto con lo que esperaba. Por lo pronto, en el mismo aeropuerto nos informaron que podíamos tomar el tren que estaciones después se hace subterráneo, que conecta toda la ciudad. Hicimos una combinación y, cuatro estaciones después, salimos frente al hotel. El subte es modernísimo. Parece haber sido construido muy recientemente. Anuncian las próximas estaciones (epome staghe) y la estación a la que se arriba en griego y en inglés. En cada estación hay un cartel con el horario del próximo tren, mapas de la línea y de la ciudad. El tren que va al aeropuerto tiene estantes para las valijas. El subterráneo cuesta 1,40 (salvo el viaje al aeropuerto que vale 8.

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Desde la terraza del hotel donde había un restaurante y un bar podía verse la Acrópolis y el Partenón. En la misma terraza había una pileta de natación con vista a la Acrópolis también.

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Los dos museos a los que fuimos son impresionantes por al cantidad de piezas que contienen, sobre todo el de la Acrópolis que es muy moderno y con pisos transparentes. Está construido sobre excavaciones y se puede ver desde la planta baja las ruinas y los andamios de los arqueólogos. El museo de Arqueología es más viejo, pero también es muy grande y hay una gran variedad de piezas de cerámica con dibujos.

Entramos a la Acrópolis por la parte de atrás donde está el foro romano y la biblioteca de Adriano (¿). En el ascenso pudimos ver el Hefestión, desde arriba (pero después no tuvimos tiempo para visitarlo). En la parte trasera de la Acrópolis se encuentra el tempo de Atenea Nike y un monumento romano. Después se atraviesan las columnas del hasta el tempo de con las Cariátides. Finalmente, el Partenón.
En el descenso vimos los dos teatros que están sobre la ladera. El de Herodes es del tiempo de los romanos y todavía se utiliza en representaciones. El antiguo es el de Dionisio y está en reconstrucción.

Atenas presenta muchos contrastes. La ciudad no tiene una edificación muy moderna y parece sucia. Hay muchas personas durmiendo en las calles. El circuito turístico es otra cosa.

“Roma caput mundi” se lee en una remera. Sin duda fue el centro del mundo en la época imperial. También lo fue, de otro modo, con la Iglesia Occidental (aunque ya no la única, pues compartía la centralidad con Bizancio). La capital del imperio está enterrada bajo la Roma celeste, pero ésta se ha convertido en un museo. Hoy Roma ya no es el centro del mundo ni del Imperio. Si puede llamársela la ciudad eterna es en el mismo sentido en que Borges llamaba eterna a Buenos Aires. Atenas es otra cosa. Aunque está más lejos que Roma de su antiguo esplendor sin embargo nunca quedó enterrada. La Acrópolis, el corazón de Atenas, se ha mantenido erguida en la altura por sobre la ciudad moderna, más cerca de los dioses que el resto de los mortales. Sin embargo, también aquí los dioses se han ido.

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Strategia – strategos – estrato?
Sthage – estación – estado – plano?

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Santorini es una pequeña isla con dos atractivos principales: las playas y los pueblitos asentados sobre los acantilados en los que la costa se sumerge en el mar de la ladera oeste, desde donde se pueden contemplar los magníficos atardeceres. Desde la principal ciudad, Fira o Thira, (no pude saber porqué tiene dos nombres) o desde Oía se pueden contemplar las puestas de sol con sus variaciones cromáticas del amarillo al rojo. La gente se agolpa en las callecitas para contemplar el ocaso y aplaudir con el último rayo de sol poniente. La isla me recuerda a San Andrés, en el Caribe colombiano, por sus dimensiones y porque todo está centrado en el turismo. En Fira localizamos una taberna familiar recién inaugurada, donde preparaban un número muy limitado de platos en el menú (la mayoría de los cuales eran platos tradicionales griegos como Musaka, carne de cordero estofada, morrones rellenos con arroz, pastiche).
Las playas son muy diferentes una de otra. Recorrimos la mayoría de ellas en un cuatriciclo con caja automática que solo llegaba a los 45 o 50 km/h en bajada que alquilamos por €30. Akrotiri tiene un color rojizo y, como las demás, es de canto rodado y piedras de origen volcánico. Perissa, Monolithos y Kamari son de una arena muy gruesa o de canto rodado pequeño y negro. El mar es azul, muy intenso. Muy diferente del turquesa del Caribe. El agua es extremadamente trasparente.
El recorrido en el cuatriciclo terminó en el pueblo de Oía o Ia, donde nos quedamos para ver el ocaso con una multitud que demoró muchísimo tiempo en desconcentrarse. Mientras esperábamos la puesta de sol se podía oír a alguien tocando el violín, un poco desafinado. Ninguna comparación posible con el violinista que interpretó diversas obras de Vivaldi en una plaza al lado de la Galería de los Uffici. Cuando llegamos al lugar donde habíamos dejado la moto ya había anochecido. La vuelta a Fira cuando ya era de noche, atravesando la montaña por un camino con curvas y contracurvas, bordeados siempre por el precipicio, fue osada. Llegamos sin embargo al hotel en Fira sin contratiempos. Por suerte, durante el viaje de vuelta había amainado el viento, que había hecho difícil el camino de ida. Cuando volvimos a hacer el camino en ómnibus tomamos conciencia del peligro y la osadía de nuestra empresa motociclística.
Fuimos varios días a la playa de Kamari, en la que localizamos unas sombrillas y reposeras gratuitas (a condición de hacer alguna consumición del bar). Allí descubrimos la ensalada griega: morrones verdes, tomate, cebolla colorada, aceitunas negras, alcaparras, pepino con piel y queso de cabra (?).

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