Belleza y muerte 3

El amor o el poder

por Ricardo Etchegaray

 

“Ella está tan linda

Ella es tan linda

No puede durar”[1]

       Se me presenta otro hallazgo inesperado: una película titulada The countess. El título del libro de Valentine Penrose se adopta sin cambios en las “notas” de Pizarnik y en el obra de Monzón. En el film ha perdido el adjetivo “sangrienta”.

Así, la atención se focaliza en la nobleza de la protagonista, despojándola de toda evaluación moral burguesa. Busco más información: se trata de una coproducción franco-alemana, realizada en el año 2008, escrita, dirigida y protagonizada por una mujer(la actriz francesa July Delpy). Creía haber llegado al final de la “ruta Feminaria Uno” (para retomar la metáfora prestada del film de John McTiernan), pero registro un nuevo “contacto”. ¿Se mantendrá el film dentro de la línea interpretativa anterior? ¿Cuál será la posición de July Delpy?

Escena de La condesa

 Veo la película: Antes de iniciar el relato fílmico una leyenda advierte que lo que se va a contar se basa “en la vida de la condesa Erzébet Báthory”, aclarando inmediatamente después, con las primeras imágenes, que “la historia es una narración contada por los vencedores”, es decir, por “guerreros bárbaros, reyes locos y traidores codiciosos”. En suma: por los varones. El título del film ha perdido el adjetivo. En contraste, todas las identificaciones de los varones están adjetivadas. Si la historia la cuentan los vencedores y si los vencedores son los varones, los relatos sobre las mujeres como la condesa Báthory, que fueron derrotadas, son falsos. El relator dice que quiere dar su versión, para explicar la falsa historia de los vencedores. En tanto que la voz que relata es masculina, ha de inferirse que se trata de un derrotado. Lo es, en cierto aspecto, ya que perdió su objeto de amor. Pero es también el hijo y heredero del vencedor, el palatino Thurzo.

La versión cinematográfica, a diferencia de Pizarnik, tiene en cuenta lo político como un factor decisivo en la explicación. Sin embargo, la política expresa la perspectiva de los varones. A ella se contrapone la perspectiva de las mujeres: la del amor verdadero. Una simplificación maniquea subyace a la interpretación: el principio masculino-político representa a las fuerzas del mal en guerra eterna contra el principio femenino-amoroso que expresa al bien.

Desde que nace, Erzébet es prometida en matrimonio (como parte de las alianzas políticas de la familia y como era usual en la época). El mandato masculino, sin embargo, encarna en la madre, que se ocupa de su educación. Cuando Erzébet se rebela y tiene relaciones con un campesino, es severamente castigada (matan al amante y le quitan al niño nacido de la relación). Es educada en la autoridad para que sea capaz de castigar sin conmoverse por el sufrimiento de los otros. El rango requiere de cierta insensibilidad.

Ferencz Nadasdy, el esposo de Erzébet, es presentado como un valeroso guerrero que se hace más rico y poderoso en la guerra contra los turcos. Paralelamente, ella se encarga de un hospital para tratar de aliviar en las gentes los dolores derivados del conflicto. Ferencz es asesinado por orden del rey, que está muy endeudado y tiene una posición débil frente a los Nadasdy-Báthory. Muerto el marido, ella asume la jefatura de la familia, adoptando una posición independiente e igualitaria respecto de los varones que se ocupan de la política y la guerra. Dirige y financia la guerra (con la ayuda de la “bruja” Darvulia[1]). “La guerra –dice Erzébet- es un trabajo sucio para una mujer solitaria”. Se hace respetar y temer. Sabe varias lenguas y tiene una educación superior a la de los varones que han sido educados para la política y para la guerra, pero que no han dedicado tiempo al conocimiento. En varias escenas enfrenta a los varones y los deja mal parados. Finalmente, también rechaza la propuesta matrimonial del poderoso palatino Thurzo, que es ambicioso pero no tiene alcurnia y que ha hecho su fortuna inmoralmente.

En una fiesta se enamora del hijo de Thurzo. Ella toma la iniciativa, incluso contra las convenciones y el “qué dirán”. Istvan Thurzo es “joven y puro”. Tiene 21 años (ella 39). El encuentro de amantes de diferente edad es visto escépticamente. En una imagen ella compara las marcas de la edad en su mano con la mano del amante más joven y se perturba. “El tiempo no respeta la belleza” –se dice ante el espejo. La “bruja” Darvulia le aconseja tomar la relación políticamente, es decir, no pretender casarse sino mantenerlo como amante. Ella responde que es Amor, que nunca sintió algo así antes.

La “bruja” es presentada como una excelente administradora y médica. Es llamada “bruja” porque maneja conocimientos que los demás ignoran. Es lesbiana y amante[2] de Erzébet. Siguiendo el consejo de la “bruja”, la duquesa propone al joven ser amantes, pero quiere estar segura de la sinceridad del otro. Él le dice que también la ama. Mientras el joven duerme, le corta un mechón de pelo, para tener “algo” de él siempre consigo.

Aparece un nuevo personaje: el conde Vizakna. Durante una fiesta, en la que ella espera ansiosa el encuentro con su joven amante, el conde le ofrece sus “servicios”. “Luce más espléndida que en las pinturas que vi”[3] –le dice. El joven amante no concurre a la cita, porque el padre descubrió las relaciones y lo castiga, encerrándolo. Le dice al hijo: “No hay lugar para el amor en nuestro mundo”[4]. El padre falsifica una carta de su hijo en la que dice estar enamorado de otra persona.

Erzébet se pervierte a partir del rechazo de su joven amante, a partir del fracaso de la relación amorosa que identifica a lo femenino. Ella está decepcionada: “Soy demasiado vieja para ser amada” -dice. Atribuye el fracaso a la diferencia de edades y al paso de tiempo implacable.

En ese contexto, hace su aparición el conde Vizakna que le propone otro tipo de relaciones amorosas. Le habla de un libro escrito por los turcos donde se describen placeres exóticos. En este momento del relato, hay una escena en la que la condesa castiga a una sirvienta, cuya sangre salpica su cara. Cuando la disuelve con los dedos, siente que su piel se transforma, rejuvenece. Pide otras opiniones. La “bruja” le dice que no cambió nada, le dice la verdad. Las otras temen y le dicen lo que quiere oír. [El relator atribuye el prodigio a un cambio de luz].

Empieza a desangrar a las criadas hasta que mueren para utilizar su sangre como fuente de revitalización. Ella atribuye el rejuvenecimiento a la pureza de la sangre de las jóvenes vírgenes. Su deseo es permanecer bella y joven para ser amada. Sigue desangrando a las sirvientas y se hace fabricar “la jaula mortal” (descripta en el texto de Pizarnik).

Se enfrentan la bruja y el conde[5]. Éste descubre la sala de torturas que la condesa oculta en el sótano. La condesa se da cuenta y decide matar al conde. Muere la bruja y deja una carta diciendo que siempre la amó y que la belleza es precaria y finita como la vida: “El deber de la belleza –escribe- es desaparecer con el tiempo”.

Thurzo controla al conde Vizakna y al secretario del rey. Hace asesinar al cura y a otras jóvenes para achacar los crímenes a la condesa. El rey no le da importancia a las denuncias, pero ordena un proceso por brujería para quedarse con las tierras de la condesa. Thurzo se adelanta para evitar la condena por brujería. Obliga a declarar a los hijos de la condesa y envía a su propio hijo Istvan para que reúna pruebas en contra de la condesa. Se encuentran los antiguos amantes y se vuelve a encender el amor.

“No hay nada más doloroso que el sentimiento traicionado por alguien a quien amas profundamente” –dice ella. El joven Istvan Thurzo busca disculparla: “Quizá si su corazón no estuviera roto, ella no se habría transformado en lo que es”.

Después de un proceso irregular, la condesa es obligada a firmar un documento por el cual las propiedades pasan a Thurzo. Erzébet acepta que ha sido derrotada, pero se vale de la palabra para desenmascarar al Palatino. “Su historia -le dice a Thurzo- confirma solamente que las mujeres son locas e inútiles y que no se les debe permitir el derecho a gobernar.”[6]

No culpa ni recrimina al hijo de su enemigo, quien también ha sido una víctima del poder paterno. “Si no fuera por Ud. –le dice al hijo de Thurzo- no habría sentido amor, eterno amor.”

Sobre el final, cuando ha sido emparedada de por vida, la última escena, en una plegaria que sirve de reflexión al espectador, la condesa muestra que también Dios ha sido representado, incluso para sí misma, según los mandatos masculinos. “El hombre [varón] ha creado un Dios a su imagen –dice-, lo cual le permite el dominio sobre todas las cosas, pájaros, leones, árboles y mujeres. (…) Deseo haber nacido hombre, haber matado a miles en batalla, haber conquistado países, quemado brujas. Entonces habría sido un héroe. (…) El amor fue la daga que apuñaló mi espalda”.

Finalmente se suicida para no ser más humillada.

El relator, que no es otro que Istvan, concluye finalmente su historia con una conclusión lapidaria: “Todo se desvanece con el incontenible paso del tiempo”.

[…]


[1] Se deja entrever que toda personalidad femenina independiente, con poder o saber, es rebajada a la condición de bruja, es decir, de subversiva, opuesta al orden establecido.

[2] Su consejo podría interpretarse como inspirado por los celos.

[3] Se presenta aquí la perspectiva análoga al Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde: la belleza viviente del personaje es realzada por sobre la belleza no viviente del arte.

[4] Quiere decir: la política excluye el amor. Si se pretende mantener las dos al mismo tiempo, la política inevitablemente destruye al amor. La política es lo masculino. El amor lo femenino. Cuando lo masculino quiere encarnar el amor, o bien fracasa como el hijo de Thurzo o bien lo pervierte como el conde Vizakna.

[5] La “bruja” también es un ejemplo de un amor puro, no correspondido.

[6] Es decir, no se trata de un verdadero proceso jurídico, sino de la ejecución de una decisión política, de poder masculino.

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