El espinoso sujeto hegeliano

“El ser humano es esta noche, esta nada vacía, que lo contiene todo en su simplicidad -una riqueza inagotable de muchas representaciones, múltiples, ninguna de las cuales le pertenece- o está presente. Esta noche, el interior de la naturaleza, que existe aquí -puro yo- en representaciones fantasmagóricas, es noche en su totalidad, donde aquí corre una cabeza ensangrentada -allá otra horrible aparición blanca, que de pronto está aquí, ante él, e inmediatamente desaparece. Se vislumbra esta noche cuando uno mira a los seres humanos a los ojos -a una noche que se vuelve horrible.”
¿Qué mejor descripción podríamos ofrecer del poder de la imaginación en su aspecto negativo, destructor, desmembrador, como poder que dispersa la realidad continua en una multitud confusa de objetos parciales, apariciones espectrales de lo que en realidad solo son partes de un organismo mayor?”

“Dividir una idea en sus elementos originales es volver a sus momentos, que por lo menos no tienen la forma de la idea dada, sino que más bien constituyen la propiedad inmediata del yo. Por supuesto, este análisis solo llega a pensamientos que son en sí mismos determinaciones familiares, fijas e inertes. Pero lo que de este modo se separa y es no-actual es un momento esencial, pues solo es porque lo concreto se divide y se convierte en algo no-actual, que se mueve a sí mismo. La actividad de disolución es el poder y el trabajo del entendimiento, el más sorprendente y poderoso de los poderes, o más bien el poder absoluto. El círculo que queda cerrado en sí mismo y, como sustancia, mantiene juntos sus momentos, es una relación inmediata, que por lo tanto no tiene nada de sorprendente. Pero que un accidente como tal, desprendido de lo que lo circunscribe, algo que está ligado y solo es actual en su contexto con otros, deba alcanzar una existencia propia y una libertad separada: este es el poder tremendo de lo negativo; esta es la energía del pensamiento, del puro “Yo”. La muerte, si es así como queremos llamar a esta no-actualidad, es la cosa más temible entre todas, y para aferrar lo que está muerto se necesita la mayor de las fuerzas. Falta de fuerza, la Belleza odia al Entendimiento porque le pide lo que ella no puede hacer. Pero la vida del Espíritu no es la vida que se retrae ante la muerte y se mantiene intacta, sin devastación, sino más bien la vida que soporta la devastación y la mantiene en su propio seno. Solo logra su verdad cuando, en un desmembramiento total, se encuentra a sí misma. Es este poder, no como algo positivo, lo que cierra los ojos ante lo negativo, como cuando decimos de algo que no es nada o que es falso, y cuando, habiéndolo agotado, nos apartarnos y pasamos a alguna otra cosa; por el contrario, el Espíritu solo es este poder porque mira lo negativo a la cara, y se demora en ello. Esta persistencia con lo negativo es el poder mágico que lo convierte en ser. Este poder es idéntico a lo que anteriormente denominamos el Sujeto”

Žižek, S.: El espinoso sujeto, Buenos Aires, Paidós, 2001, pp. 41 y 42.

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