¿Qué es la Ilustración?

De Introducción a la filosofía a través de su historia, de Ricardo Etchegaray y Pablo García, Buenos Aires, Ediciones Al Margen, 2001.

            “Entre el 1450 y el 1550 (período que coincide con el punto culminante del desarrollo «eotécnico»[1]) se desarrolla, siguiendo lineamientos presentes en la revolu­ción franciscana, la etapa del Renacimiento. El arte renacentista ya no tiene como ideal el símbolo, que es la representación de la unión del cielo y de la tierra, sino que representa la belleza de la naturaleza misma. También la ciencia manifiesta este interés por la naturaleza como tal. Tal preocupación se manifiesta, entre otros casos, en el empeño de Leonardo da Vinci por estudiar esa constitución natural de los cuerpos, por ejemplo, en la estructura de los múscu­los del caballo o del hombre. En el Renacimiento se manifestó un delicado equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, entre lo espiritual y lo material, entre el cielo y la tierra, donde lo sagrado y lo profano estaban entremezclados en la belleza de lo real, de la naturaleza armoniosa, y donde esa realidad era aceptada tal como era. Un historiador del arte dice que “el hombre del Renacimiento cree en Dios y, a la vez, es capaz de los mayores crímenes, atrocidades e inmoralidades, de los que la historia política y social de esta época nos da innumerables testimonios. Cree en el más allá, pero al mismo tiempo se afirma fuertemente en este mundo. El arte nos brinda los ejemplos dignos de nota que ilustran fehacientemente acerca de esta diferencia entre ambas épocas [Edad Media y Renacimiento]: La Divina Comedia, del Dante, cuyo tema es esencialmente ultraterreno y pertenece a las postrimerías de la Edad Media; y, por otra parte, la pintura renacentista que, en incontables cuadros, divide el plano de la tela reservando la parte superior para escenas del cielo y la inferior para las de la tierra” [2].

            “El período inmediatamente posterior (1550-1700) es una etapa de conmoción, de desorden, de inseguridad y de duda, a la que se dio el nombre de barroco. El mundo medieval se fue derrumbando desde sus bases, al mismo tiempo que aparecieron una nueva concepción de la naturaleza y del cono­cimiento científico; una nueva clase social, que luchaba por ser reconocida y por obtener un espacio de poder; una nueva institu­ción política particular (la nación) junto con la organización del Estado moderno y la Reforma, que pone en cuestión la universalidad de la Iglesia y postulando su separación del Estado; una nueva fundamentación de la filosofía a partir de la razón humana, de un «sujeto» autónomo, para el cual la autoridad de la fe y la fe en la autoridad son radicalmente puestas en cuestión[3].

            “Es sólo a partir del período siguiente (1700-1800) que se impuso una línea, una decisión dentro de los proyectos que se postularon durante la etapa del barroco en una desordenada multiplici­dad, en una conjunción de creación y crisis, de gran riqueza y contradicciones extremas. Esta línea que triunfó y se desarrolló en el siglo XVIII es el Iluminismo. Es la filosofía cartesiana llevada a convicción: la creencia en el poder ilimitado de la razón humana para conocer la estructura de la naturaleza, dominar sobre la realidad y construir la sociedad sobre bases racionales.

“La corriente de pensamiento más importante en el siglo XVIII es la Ilustración o Iluminismo. Fue ella la que aportó las bases doctri­narias de la Revolución Francesa y la que configuró el núcleo de la decisión cultural moderna. Después del «barroco», que se caracterizó por ser un período de indeci­sión, de inseguridad y de duda, se des­plegó una corriente de pensamiento que partía de una convicción, de una «evidencia», de una absoluta seguridad en el poder de la razón, cuya «luz» veía extenderse sobre toda la realidad. El Iluminismo es la universalización del pensamiento cartesiano, como afirmación del poder infinito de la voluntad bajo la guía segura de la razón.

  1. a. El medio de conocimiento: Para el Iluminismo, el hombre es poderoso porque posee la razón. Ésta lo distingue de todos los demás seres del universo. La razón es lo que permite conocer la natura­leza y dominarla, porque la estructura de lo real es homogénea a la de la razón. El método, es decir, el camino y el medio adecuados para acceder a la verdad, a lo que las cosas son en sí mismas lo proporciona la razón. La razón es un instrumento ordenador de la naturaleza tanto como de la sociedad.
  2. b. La relación con la naturaleza: La naturaleza es, para el Iluminismo, lo-que-yace-frente-a (ob-jectum) la conciencia racional, lo que se o-pone (lo puesto frente al sujeto). Pero, como para este movimiento la naturaleza tiene una estructura racional (es decir, que está gobernada por leyes racionales, por causas inmanentes al mundo o intramundanas) es cognoscible, es dominable y es transformable en un sistema cada vez más racional. Todo lo que es objeto se determina a partir de su utilidad[4], es decir, porque está en función de la satisfacción de ciertas necesida­des humanas. La naturaleza se convierte así, para los iluministas, en una herramienta, en un instrumento; y la razón que utiliza la naturaleza se convierte en «instrumental». Hay que controlar la fuerzas naturales y trans­formarlas en medios y recursos para los fines humanos. La racionalidad de los medios sustituye a la racionalidad orientada hacia los fines. El término naturaleza no designa solamente el ser de las cosas, el ámbito de la existencia física material por oposición a lo cultural o espiritual sino también y más fundamentalmente a todas las verdades que son ciertas y evidentes por sí mismas, sin ninguna revelación trascendente, y cuyo fundamento es puramente inmanente.
  3. c. La relación con la historia: Para los iluministas, las sociedades y las cultu­ras son concebidas como un campo de batalla entre lo racional y lo irra­cional, con el triunfo progresivo de la razón. Así, los historiadores de este período dividen la historia en tres épocas[5]: la más reciente es la moderna, que se inicia con el «renacimiento» de la ciencia y la razón y que inaugura la edad «madura» de la humanidad, en la que los hombres llegan a ser autónomos de cualquier autoridad exterior (como lo eran el destino, los dioses o las creencias y supersticiones de la gente). La antigüedad greco-latina, que fue el período de la juventud de la humanidad, cuando el despertar de la razón puso las bases del conocimiento y de la libertad. Y, el período intermedio, el medioevo [la edad del medio], cuando las luces de la razón fueron oscurecidas por la irraciona­lidad de la fe y la superstición.

            El Iluminismo se representa a la historia como una marcha hacia adelante (progreso), como un constante desarrollo de la capacidad racional, que permite conocer el mundo y dominarlo de acuerdo a principios racionales exclusiva­mente. “La filosofía de la historia de la Ilustración se basa en la idea de que la historia revela el despliegue de una Razón inmuta­ble y de que la evolución se dirige a una meta discernible de antemano. El carácter ahistórico del siglo XVIII no se expresa pues en que no tuviera ningún interés por el pasado y en que desconociera la naturaleza de la cultura humana, sino en que desconoció la naturaleza del desarrollo histórico y lo concibió como una continuidad rectilínea”[6]. La conciencia ilustrada piensa a la historia como un continuo progreso y, consecuentemente, es pro­fun­damente optimista respecto de la victoria final de la razón.

  1. d. La relación con lo Absoluto: La Ilustración sometió a las creencias religiosas y morales tradicionales a una crítica corrosiva. Al no reconocer otra autoridad (otro «tribunal», dice Kant) que la razón, toda doctrina que no pudiera dar cuenta de sí racionalmente fue condenada por su falta de fundamento. Es por eso que Descartes se vio obligado a fundamentar la prueba de la existencia de Dios en el «cogito», en la certeza racional. Es por esto que los revoluciona­rios franceses instituyeron el culto de la diosa razón enfrentando al «autoritarismo» católico. Para los ilustrados, lo Absoluto es el Ser Supremo y éste no es otro que la Razón abstracta y vacía, que no puede ser venerada de acuerdo a ningún contenido particular o contingente.
  2. e. El método: La Ilustración siguió el modelo ofrecido por el método de la filosofía natural[7], que había logrado explicar el conjunto de la naturaleza a partir de tres leyes simples expre­sa­das matemáticamente. Metodológicamente, la física de Newton contiene dos presupuestos:

            1°) Para conocer la realidad, hay que dividirla en todas sus partes, analizarla.

            2°) A partir de la multiplicidad que resulta del análisis y de la confrontación con la experiencia, hay que encontrar un principio unificador. Tal principio se alcanza experimentalmen­te. Como el modelo de esta ciencia es la matemática, el sistema no tiene (ni puede tener) contradicciones; de manera que a cada efecto sólo le puede corresponder una única causa. Existen res­puestas únicas. Las ciencias observan, clasifican, deducen para descubrir el orden natural de las cosas.

  1. f. El principio de uniformidad: Estos dos supuestos metodo­lógicos del modelo científico de la Ilustración están en relación con un principio más profundo, conocido como principio de uniformidad o de regularidad. Según este último, la razón humana es uniforme, de lo que se sigue que todos los hombres poseen una misma capacidad o facultad racional. En consecuencia, en las mismas condiciones llegarán necesariamente a las mismas conclusiones. Cuando el hombre piensa o actúa racionalmente, lo hace más allá de todas las diferencias particulares; es decir, unívocamente. En este sentido, la Ilustración conduce al triunfo de lo Uno y a la disolución de las diferencias o de lo múltiple. La imposición del principio único o racionalización implica la disolución de los lazos tradicionales, de las costumbres y creencias heredadas de la tradición, ya que ellos implican siempre una multiplicidad y variedad de órdenes y de culturas diferentes. La facultad racional es específica de los hombres y a la vez común a todos. Y esta razón humana uniforme puede conocer la naturaleza, porque ésta posee la misma estructura uniforme que aquélla. La uniformización es obra de la misma razón mediada por la ciencia, la técnica y la educación (Ilustración) que deben eliminar, progresivamente, todas las diferencias y todos los privilegios.

            Para los iluministas, los principios de la razón humana tienen validez universal, es decir incluyen la totalidad de los casos posibles, pero excluyen la singularidad (que queda, en consecuencia, fuera de la ciencia). La razón puede conocer las leyes que gobiernan la naturaleza, pues estas leyes son relaciones necesarias entre los objetos, análogas a las relaciones necesarias que se establecen entre los conceptos. Finalmente, estas leyes y principios son objetivos, demostrables para todos los hombres que utilicen el mismo método. Estos principios, que se han visto tan largamente confirmados por la experiencia y la experimentación en la ciencia natural, fueron prontamente extendidos a la comprensión de la sociedad y la historia.

            En relación a este principio de uniformidad en las ciencias, escribe Max Horkheimer: “La convicción de que existe cierta uniformidad en el curso de la naturaleza es una característica propia de la ciencia moder­na. Observaciones como la de que un cuerpo en caída libre posee una velocidad determinada, que la combinación de dos substancias produce una nueva cuyas propiedades son distintas a las de los elementos que la componen, o que la absorción de un fármaco elimi­na ciertas manifestaciones infecciosas, no tienen ningún valor para la sociedad a no ser que esos sucesos se sigan repitiendo del mismo modo en el futuro, es decir, a no ser que la fórmula de la caída libre de los cuerpos siga siendo la misma, la combinación de esas dos substancias siga dando el mismo resultado y el medicamen­to en cuestión siga eliminando la infección en casos posteriores. Podemos concebir esa similitud entre los sucesos futuros y los pasados de una manera tan vaga como queramos, podemos resaltar cuanto queramos las diferencias individuales propias de cada caso particular y subrayar la posibilidad de influjos perturbadores tanto como la variabilidad de las condiciones: el valor de las leyes de la naturaleza, que es lo que en cualquier caso importa a la ciencia moderna fundada en el Renacimiento [y cimentada con la Ilustración], depende de la repetición futura de los casos para los cuales deben ser válidas las leyes, es decir, depende de la posibilidad de aplicación de esas leyes. La posibilidad de unas leyes de la naturaleza, y, por consiguiente, la del dominio de ésta, aparecen en la nueva ciencia en dependencia lógica de la presuposición de que el acontecer natural está sujeto a una regularidad. […] Pero dicha convicción no es científicamente demostrable, sino sólo un proyecto hipotético”[8].

  1. g. El criterio de verdad: El que este supuesto último de la uniformidad no sea demostrable, hace que la ciencia, como institu­ción, como comunidad de científicos, sea la que suministre al conjunto de las sociedad los criterios de verdad. Todo hombre es racional y puede ser científico, ya que existen leyes que corres­ponden a esa racionalidad que pueden ser conocidas siguiendo el mismo método.

            No son las leyes que para los griegos aparecen en una forma mítico-religiosa en el destino, ni son las leyes que para los cristianos ordena la Providencia de acuerdo con el plan de salva­ción y cuya verdad es custodiada y avalada por la institución de la Iglesia. Son otro tipo de leyes, a las cuales todos pueden tener acceso, siempre y cuando sean guiados por la institución de la ciencia.

  1. h. La relación con la sociedad: Estos principios que la ciencia natural ha desarrollado y aplicado con éxito fueron rápi­damente extendidos al ámbito de la sociedad y a la naturaleza humana. Así se desarrolló la convicción de que también el ámbito de la sociedad podría comprenderse científicamente de acuerdo con el mismo método. El movimiento ilustrado buscaba destruir no sólo el despotismo sino también las instituciones que tergiversaban y opacaban la fuente del poder social, persiguiendo el objetivo de hacer a la sociedad tan transparente como el pensamiento científico. De esta manera, la Ilustración pudo convertirse en un movimiento revolucionario, en cuanto criticó el orden del pasado a partir de principios racionales. “Así, entonces –dice J.P.Feinmann-, es posible rescatar la pasión revolucionaria del Iluminismo: estaban hartos de los reyes, de las monarquías, del absolutismo, de todos esos rumbosos parásitos que decían gobernar en nombre de Dios. Dijeron: libertad, igualdad, fraternidad. Y las desmesuras napoleónicas esparcieron por toda Europa estas convicciones. Las convicciones contenidas en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Convicciones que proponían la igualdad entre los hombres, que, por consiguiente, impugnaban las desigualdades sociales, que reconocían como «derecho natural» de todo ciudadano «la resistencia a la opresión»…”[9]. El Iluminismo era un movimiento crítico del presente, que postulaba un futuro más racional (optimismo), a partir de la acción de la ciencia.

El Iluminismo se irradió a la sociedad desde “arriba”, desde el lugar del poder. Es clarificador observar en la historia cómo los monarcas absolutos, que personificaban al Estado[10] y eran característicos de la estructura política del «barroco», comienzan a ser rodeados por los filósofos de la Ilustración, dando lugar al período conocido como «despotismo ilustrado». Los pensadores y filósofos cumplieron la función de aconsejar y aseso­rar a los reyes, y al mismo tiempo, difundían las ideas nuevas hacia el conjunto de la sociedad. El modelo de estos filósofos se encuentra en los “enciclo­pedistas” franceses: D’Alambert, Diderot y, sobre todo, Voltaire, que intentaron reunir la totalidad del conocimiento humano en una única obra, en un único sistema. El «enciclopedismo», por un lado, comenzó a criticar el viejo orden absolutista del «barroco» y, por otro lado, inició su participación (desde la cúspide de la pirámide política, desde el monarca) y la transformación de la sociedad. El orden social ya no se justificaba en el orden del kosmos ni en el plan de salvación de Dios sino en su propio fundamento inmanente, en una libre decisión de los hombres fundada en la razón. En consecuencia, el Iluminismo sustituyó al kosmos y a Dios como criterio de los valores morales, es decir, como principios de lo bueno y lo malo.

            Pero, imperceptiblemente, una nueva forma de poder comenzó a operar: es un poder oculto (a diferencia del modelo del siglo XVII, que era visible y requería de un espacio público), que actuaba mediante vigilancia universal, y cuyas instituciones claves no eran clara­mente visibles. Se trataba de una nueva forma de poder, que extendió la necesidad de controlar, y para el cual las nuevas formas de conocimiento (examen, medición, clasificación, etc.) tendían a convertir a los individuos “en el objetivo de políticas de normalización”[11]. La instrumentalización y el control sobre la naturaleza engendró formas acordes de dominio (instrumentalización y control) sobre los hombres. El acento pasó de la soberanía y la ley, al control y a la norma­lización, tendientes a producir ciertos resultados: devolver a los individuos a la normalidad. Esta nueva forma de poder ya no supone sujetos que den órdenes y sujetos que obedezcan, sino que produce sus propios sujetos, con formas de conducta y deseos propios, «normales». El dominio que la razón efectúa sobre la naturaleza externa e interna del hombre, se produce por medio del adiestra­miento en la interiorización de ciertas disciplinas[12].

  1. i. La concepción del sujeto: Desde la perspectiva del Iluminismo, “lo que es válido para la sociedad, lo es para el individuo. Su educación debe ser una disciplina que lo libere de la visión estrecha, irracional, que le imponen su familia y sus propias pasiones, y obra del conocimiento racional y de la participación en una sociedad que organiza la acción de la razón”[13]. La escuela y los maestros son los mediadores entre los educandos y los valores universales de la verdad, el bien y la belleza. La Ilustración busca crear un hombre nuevo y una sociedad nueva edificados sobre la naturaleza y la razón. Ésta es la base de la autonomía del hombre frente a las fuerzas de la costumbre, de la moral, del poder o de las pasiones. El sujeto se define por su voluntad de acción libre y por el deseo de ser reconocido como sujeto libre, que es a lo que Kant llama dignidad. El hombre se convierte en sujeto cuando ya no se concibe como una parte del kosmos, de la creación o de la naturaleza sino que reconoce a la naturaleza en él y se reconoce como un ser capaz de transformar la naturaleza exterior como la naturaleza social. La libertad es el principio fundamental de la moralidad y de la acción para un sujeto que se ha convertido en fundamento de los valores y de lo bueno. El sujeto es el impulso a luchar contra toda fuerza que limite o coarte la libertad de la voluntad. Ha sido principalmente la Revolución Francesa y su expansión por el continente europeo la que ha contribuido a la formación de la idea de actor histórico o de sujeto histórico[14].
  2. j. La concepción del arte: Las teorías del arte del siglo XVIII desarrollan los supuestos bosquejados en el neoclasisismo francés durante la última parte del siglo anterior. Fueron las concepciones de los alemanes las que lograron las soluciones más satisfactorias a los problemas de la época, superando los bosquejos franceses e ingleses. El primer autor en estudiar sistemática y autónomamente los fenómenos estéticos fue Baumgarten, quien sostuvo que en la mente hay dos esferas de naturaleza diferente: por un lado, la razón que proporciona el conocimiento claro y distinto de la ciencia; por el otro, la sensibilidad que suministra un conocimiento vago y confuso (llamado estética). Según este autor, la belleza[15] es la perfección del conocimiento estético y es análoga a la verdad en el conocimiento racional.

            La teoría estética del siglo XVIII llegó a su consumación con la Crítica del juicio de Kant, que se propuso alcanzar una síntesis de la sensibilidad y la razón por medio del «juicio del gusto». Este autor sostuvo que “el juicio del gusto, por ser una actividad del espíritu reflexiva, no determinante, se rige por un principio a priori que no es otro que el de finalidad. Es decir que atribuimos al mundo exterior un fin que armonizaría con lo que de él pensamos, o dicho en otros términos, que la variedad o disociación que nos revelan los sentidos en el mundo exterior serían, merced al principio a priori de finalidad, partes de un todo o unidad como lo exige nuestra razón. Ahora bien, cuando percibimos esta conformidad o armonía entre lo natural y nuestro entendimiento sentimos un agrado o placer que denominamos estético, pues él proviene de la simple presentación o forma percibida de una cosa”[16]. Según esta perspectiva, los juicios estéticos se caracterizan por ser desinteresados (independientes de la utilidad pragmática, bondad moral o perfección de la obra), universales (comunes a todos los hombres), y por perseguir una finalidad sin propósito moral o práctico (la finalidad de lo bello es producir una armonía entre la razón y la naturaleza tal como es, entre quien percibe y lo percibido). De la teoría kantiana de la belleza pueden extraerse, siguiendo a Repetto, las siguientes conclusiones: (1) “La belleza reside principalmente en la forma respondiendo al concepto antiguo de la unidad en la variedad. […] (2) Kant establece firmemente los límites de lo bello en su relación con un interés práctico o utilitario. […] (3) La belleza no es imitativa sino simbólica, es decir, expresiva de un significado suprasensible. […] La belleza así descrita es una belleza subjetiva, es decir, que existe solamente en quien percibe y para quien percibe”[17].

            3. k. Observación: Hay que tener en cuenta, que los pensadores de la Ilustración no se identificaron sin más con la burguesía[18], aun cuando ambos procesos fueron contemporáneos. Los filósofos de la Ilustración no participaron del proceso de producción de mercancías, no estaban ligados a la empresa, sino que se dedicaron a concebir la verdad racional y a promover el desarrollo de la ciencia. Se deberá estar atentos a la evolución paralela de estas dos instituciones modernas (la empresa y la ciencia) y de estas dos corrientes (la burguesía y el Iluminismo), ya que son fundamentales para comprender los procesos posteriores. Así como para la burguesía, la verdad reside en el mercado (es verdadero lo que obedece a la ley del valor), para el Iluminismo, la verdad reside en la racionalidad del método científico. El burgués también era racional, pero su racionalidad era básicamente económica, su lógica es la de la economía política, regida por la ley de la oferta y la demanda, y por la considera­ción de la naturaleza de las cosas como útiles.

[1] Ver infra punto 7.

[2] Repetto, A.: 1973, p. 52.

[3] Las tres posturas principales en el pensamiento del siglo XVII (escepticismo, racionalismo y empirismo) responden a esta actitud fundamental.

[4] Lo que para la burguesía puritana era una característica diferencial de la moralidad, de la sociedad, del mercado, el Iluminismo lo extiende al conjunto de la realidad tanto natural como social. De este modo, la utilidad se convierte en el ser de todo lo que es, tanto en el ámbito de la naturaleza como en el de la cultura.

[5] Este esquema, que aún se repite y enseña en nuestras escuelas, se forjó en aquella época.

[6] Hauser, A.: Historia social de la literatura y del arte, Madrid, Editorial Guadarrama, 1955, tomo II, pp. 885-6.

[7] Es decir, la filosofía de la naturaleza (o física) elaborada por Isaac Newton.

[8] Horkheimer, M.: 1982, pp. 18-9.

[9] Feinmann, J. P.: 1999, p. 267.

[10] “El estado soy yo” decía Luis XV.

[11] Taylor, Ch.: Foucault sobre la libertad y la verdad, en Hoy, D. (compilador): Foucault, Buenos Aires, Editorial Nueva Visión, 1988, p. 87.

[12] “Las disciplinas del movimiento corporal organizado, del empleo del tiempo, de las disposiciones ordenadas espaciales para vivir/trabajar -éstos son los senderos por los cuales la objetiva­ción realmente tiene lugar, se convierte en más que el sueño de un filósofo, o el logro de una pequeña élite de exploradores espiri­tuales, y adopta las dimensiones de un fenómeno masivo. […] Pero las disciplinas que construyen este nuevo modo de ser son sociales; son las disciplinas de los cuarteles, el hospital, la escuela, la fábrica. Por su misma naturaleza, se prestan al control de algunos por otros. En estos contextos, la inculcación de hábitos de autodisciplina es a menudo la imposición de disci­plina de algunos sobre otros” (Taylor, Ch.: 1988, p.89)

[13] Touraine, A.: 1993, p. 27.

[14] Cf. Touraine, A.: 1993, pp. 90-1.

[15] “La perfección de lo sensible o la percepción de los sentidos no es otra cosa que el antiguo concepto formal de la unidad en la multiplicidad” (Repetto, A.: 1973, p. 89).

[16] Repetto, A.: 1973, p. 92.

[17] Repetto, A.: 1973, pp. 98-9.

[18] Ver las relaciones comparando el desarrollo del párrafo 2.

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