Textos de Filosofía

Todos los hombres son filósofos[1]

            Es preciso destruir el muy difundido prejuicio de que la filosofía es algo sumamente difícil por ser la actividad intelectual propia de una determinada categoría de científicos especialistas o de filósofos profesionales y sistemáticos. Es preciso, por lo tanto, demostrar, antes que nada, que todos los hombres son «filósofos», y definir los límites y los caracteres de esta «filosofía espontánea», propia de «todo el mundo», esto es, de la filosofía que se halla contenida: 1) en el lenguaje mismo, que es un conjunto de nociones y conceptos determinados, y no simplemente de palabras vaciadas de contenido; 2) en el sentido común, y en el buen sentido[2]; 3) en la religión popular y, por consiguiente, en todo el sistema de creencias, supersticiones, opiniones, maneras de ver y de obrar que se manifiestan en lo que se llama general-mente «folclore».

            Después de demostrar que todos son filósofos, aun cuando a su manera, inconscientemente, porque incluso en la más mínima manifestación de una activi­dad intelectual cualquiera, la del «lenguaje», está contenida una deter­minada concep­ción del mundo, se pasa al segundo momento, el de la crítica y el conoci­miento, esto es, se plantea el problema de si:

            ¿Es preferible «pensar» sin tener conocimiento crí­tico, de manera disgre­gada y ocasional, es decir, «participar» de una concepción del mundo «impuesta» mecáni­camente por el ambiente externo, o sea, por uno de los tantos grupos sociales en que uno se encuentra in­cluido automáticamente hasta su entrada en el mundo cons­ciente (y que puede ser la aldea o la provincia, que puede tener origen en la parroquia y en la «actividad intelectual» del cura o del vejete patriarcal cuya «sabiduría» dicta la ley; de la mujercita que ha here­dado la sabiduría de las brujas o del pequeño intelectual avinagrado en su propia estupidez e incapacidad para obrar), o es mejor elaborar la propia concepción del mundo de manera conscien­te y crítica, y, por lo mismo, en vinculación con semejante trabajo intelectual, escoger la propia esfera de actividad, partici­par activamente en la elaboración de la historia del mundo, ser el guía de sí mismo y no aceptar del exterior, pasiva y supinamente, la huella que se imprime sobre la propia personalidad?

GUÍA DE PREGUNTAS:

(1) ¿Qué quiere decir el autor al afirmar que “todos los hombres son filósofos”? (2) ¿Por qué se afirma que es un prejuicio el que la filosofía sea algo sumamente difícil? (3) ¿Dónde se halla contenida, según Gramsci, la «filosofía espontánea» propia de todo el mundo? ¿Por qué afirma tal cosa? (4) Ejemplifique el texto de Gramsci. (5) ¿A qué llama el autor “momento de la crítica”? (6) Diferencie la «filosofía espontánea» de la «filosofía crítica».

NOTAS:

[1] Antonio Gramsci, Introducción a la filosofía de la praxis, Premia Editora, México, 3ra. edición, 1983, p. 7. Antonio Gramsci fue político e intelectual italiano nacido en Cerdeña en 1891 y muerto en 1937.

[2] Por «sentido común» y «buen sentido» se entiende una capacidad racional común a la generalidad los hombres de una época y lugar, que incluye ciertos supuestos y principios comunes y que permite juzgar razonablemente acerca de los asuntos cotidianos.

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El asombro por el orden y la armonía del cosmos [1]

            Y que la filosofía no se trata de una ciencia productiva dan prueba las consideraciones  de los primeros que filosofaron. En efecto, partiendo del asombro, los hombres, tanto ahora como antes, comenzaron a filosofar. Al comienzo se admiraron de las dificultades sencillas, después, avanzando gradualmente, plantearon dificultades en torno de los problemas más graves, tales como los cambios de la luna, los del sol y las estrellas y, finalmente, acerca del origen del universo. Ahora bien, quien se encuentra perplejo ante una dificultad y quien se admira, reconoce su propia ignorancia (de aquí que el amante de los mitos, de alguna manera, sea amante de la sabiduría [filósofo], porque el mito consiste en un cúmulo de maravillas). Así, pues, si los primeros filósofos se dieron a filosofar para huir de la ignorancia, persiguieron el saber en consideración del conocimiento y no por su utilidad. Y lo que ocurrió da testimonio de lo que decimos, pues se comenzó a buscar ese tipo de conocimiento tan pronto se hubieron satisfecho todas las necesidades de la vida y todo lo relativo al bienestar y al solaz. Es obvio que no buscamos ese conocimiento en virtud de una ulterior utilidad. Y así como llamamos libre al hombre que tiene su fin en sí mismo, y no existe para otro, así decimos que esta es la única ciencia libre, puesto que es la única que tiene su propio fin.

GUÍA DE PREGUNTAS:

(1) Defina el concepto de “asombro”. (2) ¿Cuál es el fin de la filosofía para Aristóteles? (3) ¿Cómo se define la libertad?

NOTAS:

[1] Aristóteles, Metafísica, Editorial Sudamericana, traducción de H. Zuccci, Libro 1ero. cap. 2 (982 b 11-28). Pp. 95-96. Aristóteles: filósofo ateniense del siglo IV antes de Cristo.

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Primero vivir, después filosofar[1]

El Ministro X bajo cuya inestable dirección trabajé algún tiempo en el curso de mi aguerrida existencia[2], oponiéndose una vez a mis opiniones que consideraba él demasiado filosóficas, me dijo:

-Señor, ‘primero vivir y luego filosofar’.

-¿Está seguro?- le pregunté mirándolo a los ojos.

-Tan seguro -me respondió él- como que está escrito en lengua latina: Primun vivere, deiende philosophari.

Tras admirarlo en su candidez extrema, le pregunté:

-¿A Su Excelencia le gustan los apólogos chinos?

Ciertamente, dado su natural pedagógico[3], a Su Excelencia le extasiaban los apólogos, chinos o no. Visto lo cual le referí el siguiente:

El maestro Chuang tenía un discípulo llamado Tseyü, el cual, sin abandonar sus estudios filosóficos, trabajaba como tenedor de libros en una manufactura de porcelanas. Una vez Tseyü le dijo a Chuang:

-Maestro, has de saber que mi patrón acaba de reprocharme, no sin acritud, las horas que pierdo, según él, en abstracciones filosóficas. Y me ha dicho una sentencia que ha turbado mi entendimiento.

-¿Qué sentencia?- le preguntó Chuang.

-Que ‘primero es vivir y luego filosofar’- contestó Tseyü con aire devoto-. ¿Qué le parece, maestro?

Sin decir una sola palabra, el maestro Chuang le dio a Tseyü en la mejilla derecha un bofetón enérgico y a la vez desapasionado; tras de lo cual tomó una regadera y se fue a regar un duraznero suyo que a la sazón estaba lleno de flores primaverales.

El discípulo Tseyü, lejos de resentirse, entendió que aquella bofetada tenía un picante valor didáctico. Por lo cual, en los días que siguieron, se dedicó a recabar otras opiniones acerca del aforismo que tanto lo preocupaba. Resolvió entonces prescindir de los comerciantes y manufactureros (gentes de un pragmatismo tan visible como sospechoso), y acudió a los funcionarios de la Administracióm Pública, hombres vestidos de prudencia y calzados de sensatez. Y todos ellos, desde el Primer Secretario hasta los oficiales de tercera, convenían en sostener que primero era vivir y luego filosofar. Ya bastante seguro, Tseyü volvió a Chuang y le dijo:

-Maestro, durante un mes he consultado nuestro asunto con hombres de gran experiencia. Y todos están de acuerdo con el aforismo de mi patrón. ¿Qué me dices ahora?

Meditativo y justo, Chuang le dio una bofetada en la mejilla izquierda; y se fue a estudiar su duraznero, que ya tenía hojas verdes y frutas en agraz.

Entonces el abofeteado Tseyü entendió que la Administración Pública era un batracio muy engañoso. Advertido lo cual resolvió levantar la puntería de sus consultas y apelar a la ciencia de los magistrados judiciales, de los médicos psiquiatras, de los astrofísicos, de los generales en actividad y de los más ostentosos representantes de la Curia. Y afirmaron todos, bajo palabra de honor, que primero había que vivir, y luego filosofar, si quedaba tiempo. Con mucho ánimo, Tseyü visitó a Chuang y le habló así:

-Maestro, acabo de agotar la jerarquía de los intelectos humanos; y todos juran que la sentencia de mi patrón es tan exacta como útil. ¿Qué debo hacer?

Dulce y meticuloso, Chuang hizo girar a su discípulo de tal modo que le presentase la región dorsal. Y luego, con geométrica exactitud, le ubicó un puntapié didascálico[4] entre las dos nalgas. Hecho lo cual, y acercándose al duraznero, se puso a librar sus frutas de las hojas excesivas que no dejaban pasar los rayos del sol. Tseyü, que había caído de bruces, pensó, con el rostro en la hierba, que aquel puntapié matemático no era otra cosa, en el fondo, que un llamado a la razón pura. Se incorporó entonces, dedicó a Chuang una reverencia y se alejó con el pensamiento fijo en la tarea que debía cumplir.

En realidad a Tseyü no le faltaba tiempo: su jefe lo había despedido tres días antes por negligencias reiteradas, y Tseyü conocía por fin el verdadero gusto de la libertad. Como un atleta del raciocinio, ayunó tres días y tres noches; limpió cuidadosamente su tubo intestinal; y no bien rayó el alba, se dirigió a las afueras, con los pies calientes y el occipital fresco, tal como lo requiere la preceptiva de la meditación.

Tseyü estableció su cuartel general en la cabaña de un eremita ya difunto que se había distinguido por su conocimiento del Tao: frente a la cabaña, en una plazuela natural que bordeaban perales y ciruelos, Tseyü trazó un círculo de ocho varas de diámetro y se ubicó en el centro, bien sentado a la chinesca. Defendido ya de las posibles irrupciones terrestres, no dejó de temer, en este punto, las interferencias del orden psíquico, tan hostiles a una verdadera concentración. Por lo cual, en la órbita de su pensamiento, dibujó también un círculo riguroso dentro del cual sólo cabía la sentencia: ‘Primero vivir, luego filosofar’.

Una semana permaneció Tseyü encerrado en su doble círculo. Al promediar el último día, se incorporó al fin: hizo diez flexiones de tronco para desentumecerse y diez flexiones de cerebro para desconcentrarse. Tranquilo, bajo un mediodía que lo arponeaba de sol, Tseyü se dirigió a la casa de Chuang, y tras una reverencia le dijo:

-Maestro, he reflexionado.

-¿En qué has reflexionado?- le preguntó Chuang.

-En aquella sentencia de mi ex patrón. Estaba yo en el centro del círculo y me pregunté: ‘¿Desde su comienzo hasta su fin no es la vida humana un accionar constante?’ Y me respondí: ‘En efecto, la vida es un accionar constante’. Me pregunté de nuevo: ‘¿Todo ccionar del hombre no debe responder a un Fin inteligente, necesario y bueno?’ Y me respondí a mí mismo: ‘Yseyü, dices muy bien.’ Y volví a preguntarme: ‘¿Cuándo se ha de meditar ese Fin, antes o después de la acción?’ Y mi respuesta fue: ‘ANTES de la acción; porque una acción libre de toda ley inteligente que la preceda va sin gobierno y sólo cuaja en estupidez o locura.’ Maestro, en este punto de mi teorema me dije yo: ‘Entonces, primero filosofar y luego vivir.’

Tseyü no aventuró ningún otro sonido. Antes bien, con los ojos en el suelo, aguardó la respuesta de Chuang, ignorando aún si tomaría la forma de un puntapié o de una bofetada. Pero Chuang, cuyo rostro de yeso nada traducía, se dirigió a su duraznero, arrancó el durazno más hermoso y lo depositó en la mano temblante de su discípulo.

 

Tal es el apólogo que le referí al Ministro X.

-No lo conocía -me dijo-. ¿En qué selección china figura esa historia?

-En ninguna -le respondí-: acabo de inventarla. El Ministro X me hizo llegar sus felicitaciones; y ordenó, bajo cuerda, mi primer ‘descenso’ en el escalafón administrativo[5].

GUÍA DE PREGUNTAS:

(1) ¿Cómo refuta Marechal la máxima ‘Primero es vivir y después filosofar’? (2) ¿Qué hubiese ocurrido –según tu parecer- si el discípulo Tseyü se hubiese resentido ante la cachetada que le propinó su maestro cuando le planteó el problema? (3)  ¿Cuál es el valor didáctico de las patadas y las cachetadas? (4) Reflexione sobre el método didáctico del maestro Chuang y compárelo con su experiencia en la escuela secundaria. (5) ¿En qué consiste “el verdadero gusto por la libertad”?

NOTAS:

[1] Fragmento del capítulo titulado: “Primer apólogo chino”, en Cuaderno de navegación, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1966.

[2] La anécdota que aquí se relata fue inventada a partir de una situación vivida realmente por el autor en el Ministerio de Educación de la Nación donde trabajaba en ese entonces.

[3] Se refiere a la inclinación natural del Ministro de Educación hacia los temas pedagógicos y educativos.

[4] Según el diccionario de la Real Academia Española: Didascálico, ca. Del latín tardío didascalĭcus, y este del griego διδασκαλικός didaskalikós. 1. adj. Dicho especialmente de la poesía: didáctica.

[5] Marechal, Leopoldo: Primer apólogo chino, en Cuaderno de Navegación, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1966.

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La duda de los prejuicios [1]

            Como hemos nacido niños y hemos formulado diversos juicios[2] sobre las cosas sensibles[3] antes de tener pleno uso de nuestra razón[4], estamos apartados[5] del conoci­miento de la verdad por numerosos prejuicios[6], de los que, según parece, sólo podemos librarnos empeñándonos en dudar[7], una vez en la vida, de todas las cosas en que encontremos hasta la menor sospecha de incertidumbre[8].

            […] Ahora, por consiguiente, mientras sólo nos dedicamos a buscar la verdad, dudaremos, en primer lugar, de que existan[9] algunas cosas sensibles o imaginables: primero[10], porque hemos advertido que los sentidos a veces yerran[11] y es prudente no confiar nunca demasiado en los que alguna vez nos engañaron; después, porque todos los días, en sueños[12], nos parece sentir o imaginar innume­rables cosas que no existen[13] en ninguna parte; y al que así duda no se le presenta ningún signo[14] por el que pueda distinguir con certeza el sueño de la vigilia.

GUÍA DE PREGUNTAS:

1. ¿Qué es un juicio? 2. ¿Qué es un prejuicio? 3. ¿Qué es dudar? 4. ¿Qué significa certeza o certidumbre? 5. ¿Qué significa verdad? 6. ¿Qué significa falsedad? 7. ¿Por qué no se puede confiar en los sentidos? 8. ¿Por qué no se puede distinguir el sueño de la vigilia? 9. ¿Por qué los prejuicios “apartan” de la verdad? 10. ¿Cómo podrías probar que lo que ves es como lo ves? 11. ¿Cómo podría probarse que un juicio es verdadero?

NOTAS:

[1] Descartes, René, Los principios de la filosofía, en Obras escogidas, Editorial Charcas, Buenos Aires, 1980, pp. 313-314.

[2] El “juicio” es un acto mental o pensamiento simple en el que se relacionan dos conceptos, es decir, cuando se afirma (o niega) algo de algo o alguien. Por ejemplo: “este perro es negro”. De algo (perro) se afirma algo (negro). Al afirmar o relacionar algo con algo, se los vincula, se los  une o sintetiza. Por el contrario, al negar algo de algo, se los desvincula o separa (análisis).

[3] Por “cosas sensibles” se entiende todo aquello que puede ser captado por alguno de los sentidos que forman parte de la capacidad sensible.

[4] “Tener pleno uso de la razón” es haber llegado a pensar por sí mismo, conteniendo el conjunto del pensamiento en un orden coherente que parte de ciertos principios y que no admite las contradicciones. Por ejemplo, puedo afirmar: “ese edificio es pequeño, porque desde aquí veo que tiene el tamaño de mi dedo índice”. Cuando me acerco al edificio puedo afirmar igualmente: “ese edificio [el mismo que antes] es enorme, porque desde la puerta de entrada veo que mucho más grande que yo”. Las dos afirmaciones se basan en los datos del sentido de la vista. Ahora, si uno las dos visiones en una sola afirmación, digo: “ese edificio es pequeño y grande”. Esta última afirmación es contraria a la razón, porque es contradictoria.

[5] Los prejuicios no solamente no son verdaderos, sino que nos apartan de la verdad, nos impiden el acceso a la verdad. ¿Por qué? Porque si se ha aceptado algo como verdadero, lo contrario tiene que ser necesariamente falso. Si es verdad que el edificio es pequeño, entonces no puede ser enorme. El problema de quien ha alcanzado el “pleno uso de la razón” es: ¿cómo podemos librarnos de los prejuicios para poder alcanzar la verdad?

[6] El “prejuicio” consiste en aceptar una afirmación o negación como verdadera sin haberla justificado por “el pleno uso de la razón”. Por ejemplo, afirmar que es verdad que ese edificio es pequeño, porque desde lejos lo veo así; o afirmar que es enorme, porque de cerca lo veo así; o que es pequeño o grande según el punto de vista. Cuando se afirma algo del edificio [pequeño, enorme] se está sosteniendo que tiene en sí mismo cierta cualidad que le es propia, pero lo que es propio de una cosa no puede depender del punto de vista o perspectiva desde donde se la ve. Hay aquí una contradicción por la cual estas afirmaciones no pueden ser verdaderas.

[7] Descartes da una respuesta al problema anterior: dudar. El único camino o método para liberarse de la tiranía de los prejuicios es dudar de su supuesta verdad. ¿Qué es dudar? La duda consiste en poner a prueba desde la razón (desde el criterio de la coherencia) la supuesta verdad de nuestras creencias, convicciones, percepciones o experiencias. ¿Cómo? Probando afirmar lo contrario del prejuicio. Si se quiere dudar de la afirmación: “ese edificio es pequeño”, hay que tratar de sostener lo contrario (“ese edificio es grande”). Si ambas pueden ser sostenidas, ambas son dudosas, ya que sobre una misma realidad solo puede haber una verdad.

[8] La certeza o certidumbre es cuando se ha encontrado una afirmación indudable, que es siempre verdadera y no puede ser negada.

[9] Que “existan” significa que sean reales, que tengan las características que les asignamos por medio de nuestros sentidos o de nuestra imaginación. Cuando se dice: “ese edificio es pequeño” se está significando que hay en realidad una cosa llamada edificio que tiene la característica de ser pequeño.

[10] Descartas da dos argumentos por los cuales se duda de los datos sensibles. Uno está indicado con la palabra “primero” y el otro con la palabra “después”, es decir, en segundo lugar.

[11] Veo el edificio y afirmo que “es pequeño”. Después me acerco y afirmo que “es enorme”. Las dos percepciones se contradicen y, por lo tanto, no pueden ser ambas verdaderas. La primera es falsa, si la segunda es verdadera. Viceversa, la segunda es falsa, si la primera es verdadera. Desde los sentidos, no hay certeza sobre cuál de las dos es la verdadera (si alguna). Infiero, entonces, que los sentidos yerran, se equivocan, engañan. Y lo que engaña una vez, puede engañar siempre…

[12] En los sueños hay imágenes muy parecidas a las que percibimos mientras estamos despiertos, pero sabemos que no son verdaderas, en cuanto despertamos. Sin embargo, en tanto las imágenes de los sueños son muy parecidas o idénticas a las que tenemos estando despiertos, no se puede confiar en ninguna imagen, pues podría estar soñando.

[13] Es decir, que no tienen realidad.

[14] Las imágenes soñadas no se distinguen de las imágenes “vistas”, pero sé que las primeras son falsas, así que debo desconfiar también de las segundas.

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